El ser humano influye en la calidad de las aguas superficiales

El desafío que supone mejorar la calidad del agua mediante la rehabilitación y la protección de lagos, arroyos, reservorios, humedales y las masas de aguas superficiales relacionadas, constituye un motivo de creciente preocupación mundial, reflejado en la reciente Directiva Marco del Agua de la Comisión Europea (CE, 2000).

A pesar de ello, los riesgos de contaminación de las aguas superficiales siguen siendo muy elevados, sobre todo en los países en vías de desarrollo. Identificar las fuentes puntuales (FP) y no puntuales (FNP) de contaminación supone un valioso primer paso a la hora de identificar su naturaleza y el alcance de sus consecuencias sobre la calidad del agua.

Normalmente, la contaminación por FP está directamente relacionada con el vertido de residuos por medio de las tuberías de industrias y municipios. El control de la misma es más directo y cuantificable y, en muchos países desarrollados, su mitigación se ha unido al tratamiento, con lo que se ha logrado una menor concentración de contaminantes antes del vertido.

La contaminación por FNP se debe a la presencia de contaminantes de orígenes diversos y muy amplios que son transportados por la escorrentía hasta llegar a los ríos, lagos, humedales, aguas subterráneas y zonas costeras. Este tipo de contaminación es más difícil de tratar, porque hay un gran número de fuentes, por ejemplo numerosas zonas agrícolas que emplean pesticidas y nutrientes.

Hoy día, sin embargo, la contaminación por FNP recibe una mayor atención, pues sus consecuencias se están haciendo patentes en lagos, arroyos y aguas subterráneas, y también puede relacionarse con la degradación del agua dulce y de los ecosistemas marinos.

Temas emergentes

Solo un pequeño porcentaje de las sustancias químicas se someten a algún tipo de control local, nacional o internacional (Daughton 2004).

La presencia de sustancias contaminantes en zonas altamente pobladas constituye un nuevo motivo de preocupación, al no haber sido nunca evaluadas ni reguladas, como en el caso de los fármacos (Wiegel et al. 2004). Según Reynolds (2003):
“Los científicos se preocupan cada vez más por las potenciales consecuencias sobre la salud pública de los contaminantes medioambientales que proceden de la industria, la agricultura, la medicina o de los usos domésticos habituales, por ejemplo, los cosméticos, detergentes y artículos de aseo personal. Una gran variedad de fármacos, entre los que se incluyen analgésicos, tranquilizantes, antidepresivos, antibióticos, píldoras anticonceptivas, terapias de sustitución hormonal, agentes quimioterapéuticos, medicamentos anticonvulsivos, etc., se están introduciendo en el medio ambiente a través de los excrementos humanos y animales, mediante su eliminación en las redes de alcantarillado, o bien mediante la lixiviación de vertederos, con lo cual las reservas de aguas subterráneas podrían resultar afectadas. En las prácticas agrícolas encontramos otro de los principales orígenes de estos contaminantes, ya que el 40% de los antibióticos fabricados se emplean para el engorde del ganado. El estiércol contiene residuos de fármacos y se emplea como fertilizante del suelo, que por lixiviación puede llegar a penetrar en ríos y arroyos locales”.

Reynolds señala además que el tratamiento convencional de las aguas residuales no elimina de manera eficaz la mayor parte de los compuestos farmacéuticos. Utilizar unos indicadores comunes para todos los contaminantes no es un sistema efectivo, ya que no siempre los contaminantes coinciden en sus patrones de contaminación. Reynolds (2003) sugiere que “la contaminación farmacéutica del medio ambiente implicará el desarrollo de una tecnología avanzada para el tratamiento de los residuos y para la depuración de aguas, y también conllevará el control del origen de los contaminantes en su punto de introducción en el medio ambiente. Todas estas cuestiones son objeto de continua investigación científica”.

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